Recuerdos de mi abuela

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Margarita Brito

Los recuerdos llegan lentos en la distancia de los años, pasan como imágenes algo diluidas por el tiempo, la veo en su silla de madera y guano, siempre cosiendo a mano y brindando su ayuda y una sonrisa a los demás.

Recordar a mi abuela me remonta a tiempos felices en los cuales la gran preocupación era estudiar y pasar de curso.

Ella me enseñó la mi importancia de ahorrar cuando recogía los retazos que quedaban a las modistas del barrio, luego de acabar de hacer algún vestidos.

Como una hormiga incansable pasaba sus tardes uniendo retazos a manos con su aguja, al final quedaría una colorida sabana o funda de almohada que siempre regalaba a familiares y vecinos.

Sus manos aladas corrían con la aguja por los pequeños pedazos de tela, mientras musitaba en  voz baja una oración.

En las noches calurosas, todos los nietos nos sentábamos en el patio de nuestra pequeña de Villa Juana. Allí a la luz de una vela o de una l{ampara “jumeadora”, porque la luz eléctrica se había ido, nos llevaba a viajar por mundos mágicos a través de cuentos del folklore dominicano.

¡Como me gustaban aquellas historias de “Juan Bobo y Pedro Animal”, era tanta la risa que acabábamos con lágrimas en los ojos y la garganta ronca.

Y qué no decir de aquellas historias de “La ciguapa” y de “Catilangua Lantemué”. Pasábamos horas y horas comentándolas y tratando de pronunciar el nombre.

Mi abuela era una mujer campesina, sin instrucción de escuela, pero graduada de la universidad de la vida. Nos enseñó como antes había inculcado a mi papá y a mis tios, la importancia de ser caritativos, de dar a los demás, sin importar lo poco que se tuviera.

Trabajadora incansable, siempre estuvo cuando la necesitaron.

Murió hace tiempo, cuando apenas salía de la pubertad, pero en la distancia de tantos años y siendo también abuela, me doy cuenta que la labor de una abuela es mimar y ayudar a sus nietos a ser mejores personas, tal y como ella hizo en su momento.